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Del primero al último

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Del primero al último
Del primero al último

¿Qué es el tiempo? ¿Qué somos en el tiempo? ¿Cuándo nacemos realmente? ¿Cuándo nos vamos de verdad? Hay marcas que quedan. En una cancha. En los cuerpos. En la memoria. Somos principio y fin. Todo vuelve a empezar siempre. Miramos al sol y nuestros ojos se llenan de amarillo. Nuestro primer llanto, aquel día que caminamos por primera vez, todas las cosas que no nos dijimos, el último abrazo que le dimos a alguien, las veces que nos caímos y volvimos a levantarnos, la última mirada, la luna que un día no salió, el cosmos, la infinitud, toda una vida, pasando delante de nuestros ojos. Qué dejamos. Para qué. Quiénes fuimos. Y ahí nos damos cuenta: somos el átomo del grano de arena perdido en el infinito de una cancha de dimensiones cósmiscas; porque si Dios jugó a los dados con todo esto, también jugó alguna vez al rugby. Somos creación. Somos luz amarilla.

Antes del antes

La cancha es la del colegio Nacional. Se juega uno de los primeros clásicos entre Los Tilos y La Plata. Van arriba los Verdes: 9 a 8. El amarillo acaba de hacer el try. Ahora el encargado de patear a los palos es Héctor “Corcho” Nocetti. Faltan cinco minutos para que termine. Dutil, el medioscrum, le sostiene con la punta del dedo la pelota para que quede parada. Corcho toma aire. Mira a los palos. La posición no es fácil. Es un día soleado pero hay viento. En el fondo sabe que si alguien inventó la H es para que la pelota entre ahí. Si no no hubieran inventado una mierda. Las cosas están porque tienen que estar. Piensan en la H. Piensa en la pelota. Piensa en que todas las cosas están hechas para entrar en algún lado. De eso se trata la creación. Larga el aire. El aire que tiene adentro. Y patea. Y la pelota vuela. Entra. Esa tarde La Plata gana 10 a 8. Y Corcho nunca va a olvidar esa patada. Porque ahora, 70 años después, está hablando de ella, como si fuera ahora. Porque todo es ahora.

Corchito Nocetti es historia viva. “Yo jugué con todos”, dice. Nació el 28 de enero de 1928. Tiene 87 años, que los lleva con elegancia y sabiduría. Era hooker. Le digo que yo también era hooker. Me explica cómo hacían para tirar la pelota en esa época. Desde abajo, como un pase, recuerdo sonriendo nostálgico, pensando en el ayer. “Los dos segunda línea jugaban también al básquet, así que ganaban todas las pelotas de arriba”. Me muestra una hoja de la época, cuando el combinado de La Plata jugó contra Francia. Todos los jugadores tienen una cruz. Todos menos él y dos más.

Cómo llegó al Club fue una casualidad. Corcho lo cuenta mejor: “llegué accidentalmente. En ese momento estaba cursando el secundario en el Nacional. Fuimos a hacer gimnasia una tarde, pero un chico se descompuso y nos fuimos antes a casa. Cuando nos íbamos, pasamos por al lado de la gente que estaba entrenando al rugby, porque en ese momento entrenaban en la cancha del Nacional. Y cuando pasé caminando por ahí me vio el entrenador, Coco Bari, que era conocido mío, y ahí me llamó. Y ese día jugué y quedé enganchado, y ahí empezó mi historia con el rugby y el Club. Eso fue en el año 1939.Llegué a jugar antes de que el Club La Plata estuviera en el Bosque. Jugábamos en la cancha del Colegio Nacional: el Rallador le decíamos a la cancha”.

En el 55 dejó de jugar por los meniscos: la misma rodilla que a la hora de hacer esta nota, le molesta para subir las escaleras que nos llevan a hacer las fotos. Como si las marcas que nos deja el rugby, las buenas y las malas, quedaran para toda la vida. Igual Corcho está perfecto para sus 87. Sacá músculo y chapa de campeón para decirme “Mirá pibe, yo todavía voy caminando a todos lados: me tomo el cafecito en el Costa a la mañana, a la tarde voy a la París…”. Después de jugar Corcho fue entrenador, referí, nunca dejó de ir al Club, cada vez que puede, dice que se da el gusto de ir a comer o ver un partido.

A la hora de hablar de las amistades y el rugby, de eso de que duran para toda la vida, qué mejor que preguntarle a un hombre que vivió casi 90 años, y que contesta que le quedaron todas, pero dice la palabra todas bien fuerte, como si la amistad para él fuera algo que debe decirse en voz alta y subrayarse y que lo escuchen todos. “Los recuerdos más lindos son con los muchachos, cuando fuimos a la gira a Chile, las veces que íbamos a jugar a Buenos Aires en el micrito, los partidos con Los Tilos, los lindos amigos que siempre tuvimos ahí, el ascenso a primera que logramos en el 53, todo se recuerda. Los mejores momentos de mi vida los pasé en el Club”.

La nueva generación

Pedrito Brolese tiene un año y tres meses. Es socio al minuto del Club, al día de hoy es el más joven de los canarios en tener su carnet. También es miembro de una familia que es un caso único en la Ciudad: Cuatro generaciones que jugaron al rugby. Una verdadera dinastía con ADN canario. Emiliano, su papá, cuenta que “la familia llegó de la mano de mi abuelo, el Puma , quien llevo a su hermano y atrás de ellos sus hijos: Taska por el lado del Puma, y por el lado del Toro: Juan Pedro, Julito y Juanu, de esta segunda generación venimos los de tercera que somos: Germán, Ciro, Gonzalo y yo, (también están Lucía y Delfi, pero no las veo jugadoras de rugby); y ahora en la cuarta generación están Josefina Pedro y Lucio. Hasta donde tengo entendido Pedrito es el primer jugador de 4ta generación en el club (según Patuti Cerviño)”.

Nuestro socio más joven nació el 6 de diciembre de 2013. Es el primer socio al minuto en la historia del Club. De hecho, el primer día que salió de su casa con menos de una semana de vida, ya había ido al club, porque su papá, quería que conociera el mejor lugar del mundo, donde él fue feliz y creció. “Hacerlo socio fue mucho más importante que hacerle el DNI, y enterarme que era el primero fue lindo la verdad que sí, muy lindo”.

A la hora de las fotos, Pedrito corre con la camiseta número 2 que le regaló su papá, pero parece que no va a salir como su padre, porque se mueve de acá para allá, corre y desaparece y hay que estarle atrás porque vuela. “No sé si jugará de hooker: ojalá que no, así no se le abolla mucho la cabeza, pero lo que más quiero es que juegue y que siempre se divierta, que es lo más importante, y que tire muchos sombreritos, hasta adentro de las 25 yardas. Lo voy a llevar este mismo año, no lo van a dejar jugar, obvio, pero quiero verlo correr ya por todo el Club, que conozca cada rincón y que lo sienta su casa”.

Por José Supera
Fotos: Nicolás Acuña (Estudio 51)

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