PRÓXIMO PARTIDO 30/09/2017
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La Plata Rugby Club
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Simplemente Gracias

Simplemente Gracias
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Siempre fui un agradecido con mis viejos por haber elegido, allá por la fines de la década del 60 de venirse a vivir a La Plata y en ese cambio elegir a La Plata Rugby Club.

Decimos que el Club es nuestra casa y ya es algo obvio, porque cuando se intenta explicar y desarmar la expresión, aparecen una a una las imágenes de nuestro pasado, escuchamos las palabras y por sobre todo visualizamos rostros.

Estoy convencido que uno no es lo que es, no porque tuvo la suerte de serlo, uno es lo que es GRACIAS a todo lo que hizo para lograrlo y también de lo que recibió de los otros, hasta el mínimo detalle del otro es parte nuestra. Aquí, en nuestro refugio, hemos sufrido y discutido enérgicamente por cuestiones de rugby, por caminos a escoger, por cuestiones amorosas, laborales, por política y por ideales con el mismo respeto y pasión con el que luego entramos a una cancha.

Arranqué en el Club en 1987 cuando tenía 4 años de edad. Era la pre décima que iba desde chicos nacidos en el 81 hasta algunos del 85. Desde el Colo Defelitto, Bernardo Bogliano y José Supera., hasta la barra 82 (con Martín Julianez, el topo Pérez, Ale Caino, el Bolo Gomez Smith), y los panchos( Tomaghelli y Albarracin), Juampi Bourdin y demás todos más chicos. Los primeros 3 - Colo Defelitto, Bernardo Bogliano y José Supera -, fueron quienes me pusieron “Pollo” de sobrenombre por el término “ese es mi pollo”, era el más chiquito y flaquito que jugaba con ellos. Estábamos todos juntos. Recuerdo el día que nos separaron por edades. Lloré como un loco, porque me separaban de un gran amigo y el mejor de todos, ese que te hacia ganar de la nada un partido, el que sacaba una jugada mágica de la galera: el gran Colo Defelitto. El colo se acercó y me dijo “pollo no te preocupes, no llores, nos vamos a volver a ver en Primera jugando juntos”…. Y así fue, primero nos encontramos en M19 y luego jugamos juntos de pareja de centros en el 2004 y 2005. De las infantiles tengo grandes recuerdos, entrenadores como todos a Osvaldo Beti al principio y sus cuentos en el micro los viajes de vuelta, luego a Cuco Caino, el Rata Pérez, Gualberto Scarpinelli, el Vasco Arteaga, Rolo de la Croce, Gustavo Julianez Islas…. Tasca…Pachi cara de globo, Nacho Marciano, Juanito Sorarrain , Tachi Supera , Ernesto Caracoche, Benja Tomaghelli, etc….

En esta casa, jugamos veranos interminables en la laguna fantasma, la montaña de adoquines atrás de lo de pelusa, nos pusimos blancos de miedo al ver los perros de Fernández, corrimos teros y hasta armamos teorías futuras, vivimos cada parte de ese terreno como propio porque así hicieron y quisieron que lo sintamos…

Fue en esta gran casa donde paradójicamente viví los momentos más duros y también los más felices.

Luego vinieron las juveniles, (Ricky, Guille Grela, Fefo Cafasso, Santi Beti, Julito y el Pelado hasta M17). Pero hubo un hecho, quienes me conocen saben bien la historia, que marcó un antes y un después en mi vida y en el Club. Tenía 17, era el año 2000 y mi viejo llegaba de una gira a Europa con la M19. Como si fuera premonitorio, ese día no me dejo ni salir y me armó una lista con nombres y el regalo que le traía a cada uno (que aún conservo). Nos iba a entrenar con Lechuga, Nariche, Llamarada, Pantin en esa M19 que se juntaba mi barra (la 82) con la 81. Pero esa noche fue la peor de mi vida y se desvaneció al lado mío. Estaba solo, Denise, una de mis hermanas, en Europa había estado con él hasta el día anterior en Paris, Azul en Bs.As y no la podíamos ubicar, Dominique vivía en Brasil. Estábamos mi vieja, Bárbara y yo. Fue ahí donde sentí que tenía toda una familia amarilla conmigo que me apoyaba en todo. Si antes me sentía fanático del Club, les juro que a partir de ese momento me sentí más parte que nunca. Aquí comenzó a ser mi refugio en serio. Las cenizas de mi viejo están en la cancha 1. Él nunca me vio jugar en primera ni en ningún equipo del PS. Por eso a partir de esa fecha intenté jugar para él y por él.

Es en este refugio donde vi morir a mi viejo, y pensándolo a la distancia y como una suposición creo que él hubiera elegido que sea acá, no se me ocurre otro lugar que el sintiera tan pasionalmente como este.

Su lugar lo ocupó primero mi familia, mi vieja, mis hermanas y mi mujer Ana Julia, que me seguían a todos lados, tratando de ocupar ese espacio que quedó vacío. Me apoyé en el Club bastante. En mis amigos de toda la vida. Hasta Franky se volvió antes de su experiencia en Francia para estar por lo menos unos días a mi lado. También el haber jugado en primera con grande amigos como Pancho y Antonio fue de las mejores cosas que me pasó. Hacerme otros amigos también, y saber que esto además de cada uno tener su camada, es y debe ser una familia, sin edades.

Intento siempre disfrutar el Club, vivirlo. Tenemos que estar de alguna manera siempre presentes: jugando, ayudando a una división juvenil , colaborando con las infantiles, acercarnos con proyectos para seguir creciendo utilizando las profesiones de cada uno, siendo socios, o simplemente viviendo el club, yendo a comer un lunes, un martes o un jueves, ir los sábados a ver a los tipos que defienden los colores que tanto queremos, por los que aprendimos a llorar de alegría y de tristeza también, caer los domingos a ver a la 15, a la 16 a la 17 y la 19. Hasta para el verano no hay excusa, si tenemos 4 piletas y gimnasio, dice Julito Brolese siempre.

Tenemos que vivir en el Club. Vivirlo intensamente. Generemos esto que se gestó por varios de esta camada del PS en los últimos años (aunque muchos lo están intentando hacer desde que existen) por décadas, y transmitamos a los más chicos lo que es ser del AMARILLO, contagiemos a los que se alejaron para que vuelvan de alguna manera.

Creo yo que este es el camino que debemos tomar si queremos seguir creciendo e intentar ser los mejores en todo, como persona y como jugadores. Con mucha humildad y sacrificio. Sabemos que juntos por el amarillo se puede seguir adelante, que no hay techo. Y si aparece el techo hay que llevárselo puesto para seguir creciendo. Para eso necesitamos de todos, necesitamos estar todos en la misma sintonía.

Y los resultados serán una consecuencia de esto, de venir al club, de hacer bien las cosas.

No somos nunca un equipo, somos un Club entero, que tiene que empujar, que labura y que disfruta.

No debe haber descanso, solo debe haber momentos para estar juntos, para disfrutar de estar juntos, para tener ideas, para aportar algo. Hasta el gesto más chiquito debe ser importante. Que digan "estos muchachos están locos, mira lo que hacen por su club". El esfuerzo se debe cobrar, y si no dejar todo para intentarlo, en la función que me toque cumplir, hay que sentirse parte.

Como capitán en cada charla antes de cada partido siempre intenté dar seguridad en los jugadores, en tener un respeto por la camiseta del Club que nunca voy a olvidar en mi vida. Siempre intentando avalar esas palabras no solamente mejorando las virtudes técnicas, sino también, por con la calidad humana. Y siempre dejar todo, que piensen que estamos locos por lo que dejamos cada vez que nos ponemos la camiseta amarilla.

La importancia del capitán para el grupo se muestra en todos los ámbitos: en el ámbito interno e íntimo entre los jugadores, en la relación entre los jugadores y los entrenadores, en el ámbito externo, en los partidos contra otros equipos, y en los viajes que el equipo realiza como tal y en las experiencias que les toque vivir como equipo.

Ser del club es un estilo de vida, una escuela de valores, y un lugar de formación y contención de la familia. El color amarillo de la camiseta de cada uno de nosotros, se nota mucho más que en los partidos… se ve en la vida… en el colegio , en la Universidad…en el trabajo y en el compromiso de crear nuevas familias, Uno se comporta en la vida como en el rugby, dando siempre, no pidiendo nunca tregua, intentando superar todas las adversidades que se le aparecen en el camino.

No soñemos con los ojos cerrados. Soñemos con los ojos bien abiertos porque esta es mi casa, es tu casa, es nuestra casa, la casa de todos.

Por: Dimas Suffern Quirno

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